No Soy de Este Mundo

Mi abuelo, Don Alonso (QEPD), me dijo una vez: “sabrás que estás viejo, cuando tus recuerdos comiencen a dolerte.”  Me lo dijo una tarde en el portal de la Qta. Aurache, al lado del Edf. Fedecámaras, de la Av. Santa María de El Bosque, en Caracas.  Tenía yo unos 30 años: ¡y no le comprendí ni una papa!  “¿Cómo pueden mis recuerdos doler?”, me pregunté.  Pero como a los abuelos uno no los puede contrariar, le hice creer que le entendía.  Luego de haberme dicho tal “atrocidad”, siguió escuchando su zarzuela por Radio Nacional de Venezuela.  Pocos meses después, casi a sus 100 años: ¡el abuelo murió!  Había nacido en una aldea llamada Villa Pérez, cercana a Oviedo, la capital de Asturias, España.  Luego de culminar sus estudios como seminarista y antes de ordenarse sacerdote, le dieron un “año por el mundo”, para que corroborara si tenía vocación para el sacerdocio.  Se fue a Cuba donde vivían sus dos hermanos, conoció a la Abuela Carmelina (QEPD) y se quitó su sotana del corazón y de la mente.

Hoy, no solamente me declaro viejo: ¡estoy seguro de que no soy de este mundo!

Mi mundo se esfumó hace muchos años, antes de que a Venezuela le llegara la noche bajo el manto infausto del castro-estalinismo internacional.  Mi mundo era una Venezuela que jamás regresará, a la que llegué a la temprana edad de once años, con una maleta cargada de recuerdos de mi Cuba natal.  Eran tiempos difíciles.  La guerrilla castrista estaba en su apogeo.  En el mes de septiembre de 1961, cuando nos instalamos en Venezuela, se rompió record de niños secuestrados para ser llevados a Colombia para convertirlos en mendigos.  Nuestra madre (QEPD), no nos dejaba ir solos ni al baño en la pensión de mala muerte donde nos tocó vivir unos meses en la zona de Sabana Grande, propiedad de un español republicano y comunista que nos hizo la vida imposible.  Mi hermano Ricardo tenía 13 años, María Conchita 6 y yo 11.  Fue en esa pensión donde por televisión vimos por primera vez un programa estupendo llamado “Radio Rochela”, por Radio Caracas Televisión, producido por un argentino de nombre Don Tito Martínez del Box.  Luego, más tarde vendrían otros programas como “De Fiesta con Venevisión” (con Gilberto Correa), “Sábado Sensacional” (con Amador Bendayan), “El Batazo de la Suerte” (con el Musiú Lacavalerie) y entre muchos otros: “Fantástico”, con Guillermito González, recientemente fallecido… quien terminó siendo un gran amigo en mis tiempos de productor de televisión, con quien viajé a la Argentina durante La Guerra de Las Malvinas.

Con el tiempo fuimos prosperando y llegamos a pertenecer a la clase media venezolana.  Fui perdiendo mi acento cubano.  Como entonces Cuba y Venezuela eran de un pájaro las dos alas, no me fue difícil acostumbrarme a las costumbres caraqueñas… a su comida y a su música, que era la misma que se escuchaba en la Cuba de entonces.

El primer beso en el cachete que le robé a una chamita llamada Lupita, fue en una fiesta en la sala de su casa de El Paraíso.   Era linda, catirita (rubia) y regordita, la Lupita.  Cuando más emocionado estaba, a mis 14 años de edad, Lupita casi murió en mis brazos, producto de la leucemia.  Fue en aquella Venezuela donde conocí, por primera vez en mi vida, el profundo dolor que genera la pérdida de alguien amado.  Entonces creí amar a Lupita… pero el tiempo borró el dolor, mas no el recuerdo.

Nos mudamos a la urbanización San Bernardino, en el Edf. Rubén Darío de la Ave. Vollmer con Galipán, frente a la entonces sede de la Shell, que luego fue tomada por la Comandancia General de la Marina de Guerra (la armada).  Mis padres, tras estudiar mi primer año en los Salesianos de Sarría (donde los padres me dieron una beca), me inscribieron en el Colegio América.  Muchos de mis compañeros de estudios vivían en San José, que colindaba con San Bernardino.

 

 

Mi familia recién-llegada a Venezuela en 1962

De izquierda a derecha mi hermano Ricardo, “Chato” (nuestro pequinés), María Conchita,

mi madre, mi padre y yo

 

San José me recordaba mucho a la ciudad de Santa Clara, la entonces-capital de la provincia de Las Villas en Cuba, donde vivían mis abuelos y bisabuelos.  Todos los viernes agarraba mi tocadiscos de 45 revoluciones y tocaba las puertas de mis amigos de San José para ver dónde montábamos un bonche… en la sala de las casas y bajo la estricta supervisión de las chaperonas.  Robarle a una chamita un beso en su cachete sudado: ¡era toda una proeza!  Me hice experto en esas lides… claro, hay que darle crédito a Galipán, donde iba a comprar sus flores – “de mil colores” – para ablandar los corazones de las pavitas conquistadas o por conquistar y a las serenatas que solía llevarles, una veces solo, acompañado por una guitarra que le regalara a mi madrina, Amparito, el hijo de López Contreras, con quien tuvo un fugaz amorío… y otras veces, ya de mayor, con la ayuda de los charros que contrataba en “México Lindo”, que quedaba en la Av. Venezuela de El Rosal.

Pasamos muchos veranos en Palmasola, aunque sus playas no se parecieran a las de Varadero en Cuba.  El grupo de cubanos exiliados alquilaba modestas casitas donde formábamos nuestros “titingós” (parrandas), al tiempo en que disfrutábamos de puerco asado, arroz congrí y chatinos (tostones).  Más tarde “nos mudamos” para Chichiriviche  y de ahí visitábamos Morrocoy con sus Playa Sombrero, Playa Poceta y toda esa zona envidiable que la naturaleza le regaló a Venezuela.

 

 

Islote de Morrocoy

 

Varias veces al año subíamos el Cerro Ávila, llegando a Los Venados e incluso, hasta el Hotel Humboldt, donde solíamos patinar en la pista de hielo que allá se encontraba.

Mi hermano, ya de 18 años, se compró su primer carro y todos los sábados paseábamos por El Paraíso, buscando levantarnos a las pavitas más bellas de Caracas, quienes salían a caminar por las aceras, a la espera de un encuentro con muchachos como nosotros.  De esas aventuras salieron, con el tiempo, varios matrimonios que hoy, los que han sobrevivido, siguen siendo mis grandes amigos… muchos de ellos dispersos por el mundo, gracias a la “revolución”.

A mis 16 años, mis padres me regalaron unos patines de cuatro ruedas de goma que se acoplaban a mis zapatos.  Con ellos iba a las llamadas “misas de aguinaldo”.  Patinábamos toda la noche y al salir el sol, robábamos el pan y la leche que un portugués motorizado dejaba en las puertas de sus clientes.  Era una costumbre.

Seguí creciendo y me convertí en un asiduo bailarín en las famosas discotecas, que para entonces estaban de moda, como la Hawaii Kai, La Eva, The Flower, el Blow Up y muchísimas más. No… no fui a La Lechuga, porque esa era para los más chamitos.  Vi cómo se construyó el Centro Comercial Chacaíto, el primer centro comercial construido en Venezuela, donde quedaban el OVNI, el Papagallo,  La Eva, El Hipocampo, el Le Club, entre otros lugares famosos, como Le Drug Store, propiedad de Papillón (Henri Charriére), dueño – además – de Mi Vaca y Yo y del Gran Café (en Sabana Grande), donde solíamos pasar las primeras noches de nuestro exilio en Caracas, un lugar bohemio muy concurrido por vendedores ambulantes; uno de ellos, un libanés, me dio a probar – por primera vez en mi vida – los pistachos.  El libanés era famoso en El Gran Café.  No hablaba una palabra de español y lo único que decía era “very nice, sister“, así que lo bautizamos “Very Nice”.

 

 

El Gran Café de Sabana Grande

 

A medida en que fui creciendo, fui cambiando de ambiente.  Entonces comencé a visitar la Potiniere y a descubrir fabulosos restaurantes, como El Padrino, Le Coq d’or, El Gazebo, Franco, El Molino Rojo, La Cibeles  y muchísimos otros de los restaurantes españoles de La Candelaria, como La Cita, el restaurante favorito de Carlos Andrés Pérez.

Con los años no nos pelábamos los carnavales de Carúpano.  Comenzamos a visitar la Isla de Margarita, donde disfrutábamos de las puestas del sol de Juan Griego… entre muchas otras locaciones naturales y en las costas de Lechería (donde vivía mi madrina Amparito), estaba la Isla de Plata: ¡una maravilla!

 

 

Puesta del sol en Juan Griego, Isla de Margarita

 

En muchísimas oportunidades visité los llanos venezolanos y la cordillera de Los Andes.  Nos remontamos por las montañas, disfrutando de los “calentaditos” y no pelábamos un famoso restaurante de carne que había en el centro de San Cristóbal, capital del Táchira, desde donde saltábamos a Cúcuta… en la hermana república de Colombia.  De Cúcuta me traje mis primeros caballos de paso colombiano.  La primera vez que la visité era un “pueblo de campo”.  La última vez: ¡una gran metrópolis!

 

 

Pico Espejo en la Cordillera Andina de Venezuela

 

En Coro recorríamos los médanos y solíamos traernos artículos artesanales que se vendían en las carreteras.  De Coro nos trajimos una pareja de loros que tuvimos hasta que abandonamos Venezuela; los llamamos “Cucha” y “Cucho” y llegaron a reconocer a todos los miembros de la familia por sus respectivos nombres.

Siempre regresábamos a Caracas.  Era una Caracas sana.  Amanecíamos en una discoteca y terminábamos en Las Tres Esquinas de Los Palos Grandes, saboreando una Reina Pepeada o un suculento mondongo.  El 1ro de enero no pelábamos el desayuno en el Hotel Tamanaco.

Grandes cantantes internacionales visitaron Venezuela y solían dar sus conciertos en el Gran Salón del Hotel Caracas Hilton (hoy intervenido como “Hotel Alba”).  Ahí disfruté de Tom Jones, Engelbert Humperdinck, Joe Frazier, Ray Charles, Sammy Davis Jr, Las Supremes y muchos otros.  En la Caracas donde yo crecí, todas las semanas había un evento.  No nos alcanzaba el tiempo para visitar o recibir visitas.  Luego, cada cinco años, llegaban las campañas electorales: ¡que eran unos carnavales!

Claro… en medio de toda aquella opulencia, nos acostumbramos a ver por las noches los ranchitos del Cinturón de Miseria de Caracas  como si fuesen parte de un inmenso nacimiento navideño.  Ahí se cocinaban las bacterias del resentimiento social, aunque todavía no se notaba mucho.

A lo largo de mi adolescencia y mi temprana vida adulta, intercalé años en otros países, como Estados Unidos, Alemania y Escocia.  Fue en Alemania donde me reclutaron como soldado de lo que luego se llamó “La Guerra por los Caminos del Mundo”, pero siempre añoraba regresar a mi Venezuela querida.

Entonces, una tarde de febrero de 1974, conocí a quien se convertiría en el amor de mi vida y en mi ADORADO TORMENTO.   Una chamita cubano-venezolana que había llegado a Venezuela como exiliada a la edad de 5 años llamada Siomara María Etcheverry Martín, conocida familiarmente como “Siomi” y por muchos de Uds., como “La Guarimbera Mayor”.  Como a sus 17 años era muy modosita, la bauticé “La Ñoñita”, que “en cubano” quiere decir eso: ¡modosita!  A veces, tengo que aceptarlo, se convierte en una “Ñoñita” venezolana, pero eso es común en todo matrimonio.   Nos casamos en octubre de aquel mismo año, por lo que llevamos 45 años y unos meses juntos.  Napoleón Bravo la bautizó, tal vez con mucha razón: “La Víctima de Robert Alonso“.

 

 

Siomi le dio un gran vuelco a mi vida.  Sus padres eran socios del Club Playa Azul, en el litoral central (Naiguatá), donde pasamos casi todos los fines de semanas hasta que abandonamos Venezuela en el año 2004.  Allá, en Playa Azul,  crecieron nuestros cuatro hijos.  Siomi me enseñó a disfrutar las pizzas de Tomaseli, en Caraballeda… tan buenas como las de Da’Pippo en Altamira.  Camino a Playa Azul siempre nos parábamos para saborear las fabulosas cocadas que hacían antes de llegar a Tomaseli.  No pelábamos cenar en Las Quince Letras y de disfrutar los parguitos fritos del Rey del Pargo Frito, pasando Carmen de Uria antes de llegar a Naiguatá.

Fue en una fiesta de fin de año en Playa Azul donde conocí al maestro Luis María Frómeta Pereira, más conocido como “Billo”.  Con él tuve la suerte de compartir, socialmente, en varias oportunidades.  Ya Billo, por supuesto, había hecho popular su canción “¡Epa Isidoro!”, en honor al famoso cochero, hijo de canarios, Macario Isidoro Cabrera González, nacido un 2 de enero de 1880, durante el segundo período de Antonio Guzmán Blanco, quien pasó a la historia como el último cochero de Caracas.

En las navidades de 1962, mi familia fue invitada a una fiesta en una residencia muy exclusiva de la urbanización El Conde, casi en el corazón de Caracas.  Los automóviles se estacionaban a cierta distancia de la mansión y para llevar a los invitados del estacionamiento a la fiesta, habían contratado a Isidoro con su coche de dos caballos.  Nos tomamos una foto que se perdió en el saqueo a Daktari, el 9 de mayo de 2004.  Gracias a esa foto pude enterarme que el cochero era aquel que Billo mencionaba en su famosa canción.  Isidoro moriría meses después, por lo que infiero que ese fue uno de sus últimos contratos como cochero.  A decir verdad, no me recordaba el coche de Isidoro como “roto y viejo” tal y como se describe en la famosa canción de Billo, pero entonces era un niño de 12 años, amante de los caballos y, tal vez,  guardé un recuerdo diferente.

La afinidad que tuve con Billo se pudiera explicar de manera muy sencilla.  Ambos nacimos en tierras extrañas a Venezuela.  Él en la República Dominicana y yo en Cuba, pero los dos compartimos el mismo amor por Venezuela y, muy especialmente: ¡por Caracas!

Décadas después me llegó el video que publico a continuación, interpretado por una caraqueña de pura cepa, Anais Vivas y al piano: ¡UN CUBANO-VENEZOLANO llamado César Orozco!  Por su edad no creo que haya conocido al Maestro Billo, pero estoy seguro de que tanto él como Billo y  yo, llegó a querer mucho a Venezuela y, en especial: ¡a Caracas!  Hoy Anaís, César y yo, estamos esparcidos por el mundo, mientras que a Billo lo suponemos disfrutando en el cielo en compañía de Macario Isidoro Cabrera González, el último cochero que tuvo La Ciudad de los Techos Rojos: ¡nuestra Caracas!

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¡Cuántos recuerdos a lo largo de más de medio siglo!  ¡Recuerdos que duelen!  En una poesía que publicara mi padrino Armando Alonso (QEPD), remató: “…qué tristes son los recuerdos… ¡cuando desgarran el alma!

Era un mundo… diferente.  He llegado a la conclusión que NO SOY DE ESTE MUNDO.

Miami 03 de septiembre de 2020

Robert Alonso

@Maestro_May9r

 

 

Robert Alonso Presenta

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