¡ La Bicha !

” ¡ Cómo se Perdió Venezuela !”

(Parte del Capítulo 11 del libro “Cómo se Perdió Venezuela”

Sintonicé Globovisión y me enteré de cómo el régimen había “capturado” un “contingente” de “paramilitares”, supuestamente colombianos, algunos de los cuales aparecían encapuchados dando declaraciones desde nuestra finca, La Finca Daktari. Luego me enteraría que aquellos colombianos eran paramilitares que yo “había contratado” para llevar a cabo un golpe de estado en Venezuela, previo a pasar por las armas al presidente Hugo Chávez, quien sería cremado (vivo) en los hornos del Cementerio del Este, en Caracas.

Me metí en la Internet y ya había montañas de información acerca del evento. Al pasar los días me enteré de mi plan por boca del director de la DISIP, el Comisario General Miguel Rodríguez Torres y por boca propia de Hugo Chávez.

 

 

Según Rodríguez Torres, Robert Alonso había reclutado en el vecino país un contingente de paramilitares (guerrilleros de la derecha colombiana) para secuestrar unos aviones F16 y bombardear Miraflores y Fuerte Tiuna, el mayor cuartel militar de Venezuela, en el corazón de Caracas.

Los “paramilitares”, quienes – supuestamente y según el régimen – llevaban más de 45 días de entrenamiento en nuestra finca, ayudarían a secuestrar los aviones y a tomar un cuartel de la Guardia Nacional, cercano a nuestra propiedad, para hacerse de las armas y con ellas darle apoyo a la intentona militar.

Dos días después recibí un telefonema de mi familia en Venezuela donde se me preguntaba si me estaba quedando en la casa número tal, calle más cual, de la avenida tal, de la urbanización más cual (en el Doral), cuyo “zip code” (código postal) era tal. Esa dirección, con los más mínimos detalles, donde – en efecto – estaba “enconchado” (escondido) en Miami, había sido publicada por “La Bicha” en el diario OFICIALISTA Últimas Noticias, donde trabajaba como reportera y tenía una columna.

Se suponía que Berenice Gómez, (quien responde al remoquete de “La Bicha”), era (y es) una periodista de la oposición venezolana, aunque por su chabacanería pareciera, más bien, una vocero del “oficialismo”. Últimas Noticias estaba (y está) al total servicio del régimen.

Esa misma noche me cayó en mi “concha” (escondite), una reportera de Radio Caracol de Colombia, llamada Vilma Tarazona, con el equipo de grabación y camarógrafo listo para hacerme una entrevista para la televisión colombiana. Habían llegado con una unidad móvil de transmisión satelital, para salir “en vivo y en directo”. De algún modo habían logrado burlar la estricta seguridad de la urbanización donde estaba ubicada la vivienda en la cual me encontraba.

Luego de un duro intercambio de palabras, arranqué en la compañía de un amigo venezolano, casado con una cubana, hacia un lugar desconocido dentro de la ciudad de Miami, dejando atrás todas mis pertenencias.

Al día siguiente me comuniqué por teléfono con mi abogado, el ex Fiscal General de La Florida en épocas de Bill Clinton, Kendal Coffey, quien me recomendó que me fuera al lugar más alejado posible de Miami. Tenía que ser DE INMEDIATO, porque si las autoridades federales de Estados Unidos expedían una orden de captura en mi contra, estaría cometiendo un delito federal si cruzaba la frontera de un estado a otro, dentro del territorio norteamericano.

Llamé a mi mujer y le dije que se preparara, que partíamos para el estado de Washington, al extremo noroeste del país, frontera con Canadá… y que le explicaría luego.

Había llegado al Dr. Coffey por recomendación de un abogado cubano-americano, Carlos Loumiet, quien era socio del bufete “Hunton & Williams”, una de las más importantes firmas legales de Estados Unidos. Según él mi asunto ameritaba un abogado del calibre de Coffey, quien tenía fuertes conexiones políticas, porque, me dijo: “tú caso es político y los problemas políticos se resuelven políticamente.”

Había vivido en el estado de Washington durante mis años de adolescente. Allá tenía a la familia Losh, mi “familia americana”. Mark Losh, mi “hermano americano”, con quien viví siete años de mi vida, me envió un cable con dinero suficiente para que todos pudiésemos tomar el avión que nos llevaría a la bellísima ciudad de Seattle.

Mis “padres americanos”, Norman y Beverly Losh, vivían en un diminuto pueblito llamado Onalaska, relativamente cercano a Seattle y para allá nos fuimos todos. Un día salí a recorrer ese caserío, matando la angustia y el aburrimiento y llegué a la única gasolinera del pueblo donde agarré un periódico de distribución gratuita en cuya primera plana, a ocho columnas, se reportaba la muerte de un burro que había sido atacado por unos perros. Aparecía la foto del burro muerto, ya hinchado por los días.

Se me ocurrió comentarle al dueño de la gasolinera lo feliz que debía ser Onalaska, tomando en consideración que la noticia más destacada de aquella semana (el periodiquito, de tres páginas, era un semanario), había sido la muerte de un burro. Le dije que en mi país, los titulares hablaban de cuantos cientos de seres humanos habían muerto de la mano del hampa durante una determinada semana y me preguntó qué país era ese. Cuando le respondí que se trataba de Venezuela, me preguntó que dónde quedaba “eso”: “más abajo del río Mississippi, bajando, a mano izquierda”, le respondí con un fuerte toque de ironía.

En el estado de Washington la pasamos muy duro. Si la inmigración norteamericana me comenzaba a buscar, pues el régimen había dicho que solicitaría mi extradición bajo los cargos de “intento de magnicidio”, mi “familia americana” se vería seriamente involucrada por alojar a un prófugo de la justicia. Esto no era Venezuela. Aquí el que la hace, en la mayoría de los casos: la paga. Así que decidimos mudarnos a donde nadie supiera nuestro paradero.

Un gran amigo norteamericano, que había estudiado conmigo en el colegio de Deer Park, al extremo este del estado de Washington, me consiguió un granero en el cual quedarnos y para allá nos fuimos. Estaba a un par de horas de la frontera con Canadá y conocía muy bien aquellos “caminos verdes” que me pudieran ayudar a evadir la captura.

Mientras tanto, el bufete Hunton & Williams, asesorados por el Dr. Coffey, había hecho contacto con “Homeland Security” y, eventualmente, mi caso llegó a Washington, a las más altas esferas del poder político de Estados Unidos.

El plan político era el siguiente. Había que aprovechar el escándalo en Miami para conseguir el apoyo de los votantes cubano-americanos del sur de La Florida. Ese mismo año serían las elecciones donde George W. Bush buscaría su re-elección como presidente de Estados Unidos y Miami era un importante bastión para el partido republicano y de vital importancia para el triunfo de Bush.

Conseguí fondos para poder viajar a Miami y me aparecí en un popular programa de televisión conducido por María Elvira Salazar, una conocida periodista de padres cubanos, nacida en Estados Unidos. Un programa que lo veían todos los cubanos de Miami.

En ese programa conté mi historia… o parte de ella. Aproveché, además, para despedirme porque – según el libreto – esa misma noche partiría para España. Tenía que hacerle creer al régimen de Chávez que me había fugado de Estados Unidos y así confundir, también, a las autoridades de Inmigración de este país, en caso de que se emitiera una orden oficial de captura, la cual jamás se llegó a dar.

El régimen cayó en la trampa. Al día siguiente, el 27 de julio de 2004, salió publicado en la prensa un artículo que titulaba: “Líder Terrorista de la Oposición, Robert Alonso, se Fuga a España”. Los periodistas esbirros de Chávez reprodujeron el artículo, para la posteridad, en el famoso portal cibernético, Aporrea.com. La nota puede leerse en la siguiente dirección de la Internet:

 

 

Parte del texto dice: “Robert Alonso Bustillo está preparando su viaje a España a fin de ponerse a salvo ante cualquier gestión de extradición por parte del Gobierno de Venezuela.”

Como España no tiene tratado de extradición con Venezuela, Alonso ha sido aconsejado por los servicios de inteligencia de Estados Unidos de ya que su nombre está muy cuestionado, por su origen cubano, entre la colonia de los conspiradores antichavistas.”

En realidad, Robert Alonso se estaba escondiendo, junto a su familia, de los “servicios de inteligencia de Estados Unidos”. Así funciona la desinformación de estos regímenes castro-estalinistas… y la gente termina creyéndole. Sin embargo, no era la primera vez que hacía uso de los pendejos chavistas para despistar al régimen. En varias oportunidades empleé, indirectamente, a un perfecto imbécil que firma con el seudónimo de “Moreto Pérez”, para enviar falsas pistas a los servicios de información de Chávez. Todavía hoy, ese anormal, publica, en su portal “Vencedor en Boyacá”, los veinte mil artículos que envío en la red. De vez en cuando me sirve de “puente” para llevar a cabo mis propósitos de desinformación.

Saliendo del programa de María Elvira Salazar, agarré un carro que me llevó a Tampa, en el estado de La Florida y de ahí, al siguiente día, de regreso al estado de Washington… y todo el mundo buscándome en la Madre Patria: incluso en casa de mi familia asturiana por parte de padre, que vive en una aldea cercana a la ciudad de Oviedo.

A mi regreso al noroeste de Estados Unidos, Carlos Loumiet me informó, vía telefónica, que, luego de varios días de conversaciones al más alto nivel, el intento de conseguir el apoyo de Washington (D.C.) no había tenido éxito alguno y que las autoridades le aseguraron a su bufete que de solicitar Chávez mi extradición, me entregarían al régimen castro-estalinista venezolano.

En efecto, gracias al “pajón” de “La Bicha”, el régimen de Venezuela solicitó mi extradición al gobierno de George W. Bush. ¡Me salvé por obra y gracias de Dios!

 

 

Rómulo Betancourt dijo una vez, refiriéndose a las relaciones con los gobiernos norteamericanos, que eran como dormir al lado de un elefante amigo, el cual – en cualquier momento en el medio de la noche – podría voltearse, sin querer, y aplastarnos.

Tras la traición del gobierno norteamericano de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, le preguntaron al entonces líder del exilio cubano en Miami, Tony de Varona, si pensaba que los “americanos” eran buenos. De Varona respondió: “los americanos no son ni malos ni buenos… ¡son americanos!”

Al pasar los años me di cuenta, entre otras cosas, por qué Bush no me había dado el apoyo requerido por mis poderosos e influyentes abogados: ¡era socio comercial de Chávez!

 

 

El destino influyó, una vez más, para que salvara mi pellejo. El activista cubano-venezolano-norteamericano, Luís Posada Carriles, había sido capturado por Inmigración por entrar ilegalmente en este país en el verano de 2004, mientras me encontraba escondido en el estado de Washington, pensando qué sería de mi vida y de la vida de mi familia inmediata: mi mujer, Siomi y mis dos hijos pequeños, Alejandro y Eduardo. El futuro, más que verlo negro: ¡no lo veíamos!

Ya no teníamos un solo centavo y estábamos viviendo de la total caridad de mi “familia americana”, a quien ni en un millón de vidas podría agradecer todo lo que hizo por mí y por mi familia y de personas a quienes apenas conocía. En Miami logramos conseguir el apoyo financiero de unos cuantos cubanos que sabían de mí por la prensa. Entre el dinero que me pudo dar mi hermano americano Mark y lo que se consiguió en Miami, pudimos sostenernos, a duras penas, en el escondite del estado de Washington, donde no teníamos agua caliente, ni calefacción… ni televisión ni radio y vivíamos hacinados con los dos muchachos encima, quienes por las noches se despertaban dando gritos infrahumanos, pensando en la masacre que se había producido en la finca donde ambos nacieron, la Finca Daktari, del Sector La Mata de El Hatillo, cercana a Caracas. Para mitigar el hambre, tomábamos agua caliente, haciéndonos la idea de que estábamos tomando sopa.

Un juez federal de Inmigración determinó que Posada no podría ser deportado ni a Cuba ni a Venezuela, porque estos países aplicaban la tortura. Entonces mis abogados me acogieron a los beneficios de “La Convención Contra La Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumano o Degradantes”, de la cual EEUU (y Venezuela), era firmante. En su artículo 3ro se especifica que nadie puede ser deportado a un país donde se torture. ¡Me salvé de vaina!

 

José Hernández

Con el pasar de los años, el “soplón” de José Hernández fue entrevistado por Jaime Bayly. He aquí parte de la entrevista:

 

 

Una mañana, me topé con José Hernández en el famoso restaurante cubano de la Calle Ocho, “Versalles”, quien – en ese momento – estaba acompañado por Patricia Poleo y otros más. Le dije hasta del mal del cual se iba a morir y se salvó de una coñaza porque en EE.UU. uno no puede darse el lujo de acoñacear a quienes merecen ser acoñaceados. Lo acusé de “soplón”, de ser una mierda… ¡un miserable! y de haberle dado la dirección de mi concha a “La Bicha”. Hoy, por cierto, Patricia Poleo no comulga mucho con “El Venezolano TV”, un apéndice (o lo era entonces) del semanario “El Venezolano”, del cual José Hernández era (¿o es?) el segundo a bordo.

En el Umbral de la Muerte

A la fulana “Bicha” le queda muy poco tiempo en este “Valle de Lágrimas”. Tal vez sea el momento adecuado para pedirle perdón a nuestra familia por todo el daño que nos hizo. Quién sabe… ¡a lo mejor se manifiesta!

Miami 15 de abril de 2020

Robert Alonso

Robert Alonso Presenta

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